MEMORIAS DE UN ESTUDIANTE POBRE
MEMORIAS DE UN ESTUDIANTE POBRE
Me gustaba oler los libros recién impresos que el profesor de primaria nos entregaba. Su aroma aun sigue impreso en mi memoria. Pies descalzos porque papá no tenia para los zapatos, ropa usada que los primos nos regalaban. Yo sí sentí el dolor que se siente al ser pinchado por las espinas de “quebracha”, de nopal, de huizache, y más aun la “espina blanca”. Nos comíamos el nixtamal que estaba dentro de un balde el piso muy cerca del molino. Las gallinas y los perros flacos convivían con nosotros, también sus pulgas y el “cucuyuchi”.
Muchos se burlaban por mi baja estatura, nadie me explicó que en la adolescencia hay cambios físicos y emocionales, me crecía el bello púbico, en las axilas las bacterias anidaban. Me sudaban las manos. Me daba vergüenza tener que usar solo una ropa durante toda la semana, andar descalzo y sobre todo sufrir hambre.
Muchos niños me insultaban, la escuela era ahora un lugar de penitencia. El inicio de un vía crucis. Entablaba pelea con cualquiera, a veces sentía el tibio sabor de mi sangre deslizándose por mis labios.
Con resortera en mano mataba a los pájaros que felices cantaban, de un machetazo le quitaba la vida a un árbol que comenzaba a crecer o le volaba la cabeza a alguna culebra.
Hacía papalotes que volaban en ese cielo azul y los vientos arrastrando las blancas nubes. A veces se rompía el hilo y se perdía el papalote en algún potrero.
Iba al monte a cortar leña y allá comíamos cocoyol con Raúl mi hermano menor.
Yo si conocí la selva de mi pueblo y lo vi morir. Lo vi desangrarse poco a poco. Era tan hermosa con árboles gigantes, lianas, musgos, aves multicolores. Pero las hachas sonaban, estallaban con su estruendoso sonido destructor un día la motosierra les dio el tiro de gracia. Los monos huyeren en desbandada como locos, también las aves hermosas. Después vino el fuego que José prendió a propósito, encendió un cerillo y lo lanzó a los matorrales que antes fue selva. El fuego lo devoró con su lengua de dragón, con su boca, su terrible boca. El sol calló a plomo y los árboles caídos quedaron como osamenta. Hoy solo veo un gavilán en un árbol seco, veo su tristeza. El árbol ha muerto, “los árboles siempre mueren de pie”. La historia que les relato sucedió hace veinte años, cuando yo tenía diez. Un centenar de campesinos se apresuraron a destruir la selva. Cuatro mil hectáreas en veinte años. Millones de árboles derribados, seres inocentes que no pudieron defenderse a pesar de ser millones. Gigantes verdes con su corazón destrozado. Heridos de muerte por hombreas rudos, de manos como tenazas descargando hachazos.
Ellos solo querían sembrar maíz, fríjol, cortar leña, sembrar zacate, criar hijos y morir, esa es la ley de la vida, dejar la semilla, la descendencia.
El profesor repartía los libros y yo leía los cuentos, mi mente galopaba al leer Francisca y la muerte. Se quedó grabada en mi mente esta frase: - ¿Francisca cuándo te vas a morir? Y su respuesta fue: - nunca siempre hay algo que hacer.
No me arrepiento de haber nacido en la pobreza, de no haber sido así, no hubiera cono sido la selva ni estuviera en mis narices el olor de los libros de texto, de esos amigos de los que aprendo día a día.